Tuesday, August 23, 2011

César Barros y la mala clase


Claudio Fuentes S.
Licenciado en Historia y doctor en Ciencia Política. Director del Instituto del Investigación en Ciencias Sociales (ICSO) de la UDP.


Qué explica que, en palabras del propio Presidente de la República, más de un millón de personas fueran abusadas por una empresa del retail? ¿Por qué los ejecutivos de La Polar incentivaron políticas inescrupulosas en relación al crédito y la repactación de deudas? ¿Por qué estos ejecutivos se involucraron en una masiva defraudación?

César Barros, nuevo presidente del directorio de dicha empresa, ensaya la siguiente explicación: “Yo creo -dice Barros- que los niveles ejecutivos ahora son mucho más horizontales de lo que era antes. Antes era un grupito chiquitito. Y ahora han entrado chilenos de las más variadas categorías, en términos de sus categorías morales y de sus ambiciones. Y yo creo que nos estamos topando con el Chile real, no solamente en el ámbito de la gente que compra plasmas sin poderlos pagar y sabiendo que no lo va a pagar, sino que también a niveles más directivos nos está llegando gente con formación moral deficiente. Y esto pa’ mi gusto viene desde el colegio (…) Yo creo que hay mucha más laxitud moral (Estado Nacional, TVN, 21/08/2011).

Para Barros es un problema de clase; de mala clase. Su argumento contiene dos premisas. Por una parte, se asume que la élite que solía controlar los destinos económicos de la nación contaba con una alta formación moral. La ausencia de abusos en el pasado se explicaría por el buen comportamiento de ese grupo “chiquitito”, lo que los estudiosos llaman “oligarquía”. Por otra parte, las deficiencias éticas y morales que nos han impactado en el presente se explican por la irrupción del “Chile real”, esa gente mal educada que ha escalado puestos en el mundo de la empresa.

Pero este proceso pareciera no ser único en el mundo de los negocios. “Estamos viendo el Chile real que está entrando en todos los ámbitos”—nos advierte Barros. Así, sin mucha anestesia, nos advierte que el problema de nuestro país es su mala clase.

Su discurso no debiese sorprendernos demasiado. Existe una extensa tradición conservadora que ve en la democratización y modernización del país un riesgo no sólo por la eventual pérdida de poder económico y político, sino que también por la erosión de valores morales que teóricamente han dado sustento al ethos nacional. Hace cuatro años, Sergio Villalobos, precisamente destacaba la pérdida de aquella virtud oligárquica: “La antigua honestidad chilena, valores como el esfuerzo, la convivencia, el espíritu para salir adelante, todo eso se ha ido agotando” (revista Capital, 10/08/2007). Hace más años, Francisco Antonio Encina acusaba la rebaja y decadencia moral producto del proceso de modernización que experimentó Chile a comienzos del siglo XX.

La idealizada “perfección moral” del pasado republicano chileno no resiste mucho análisis. Nuestra historia ha documentado constantes abusos de poder, masivas prácticas de clientelismo y no pocos momentos de conflictividad en respuesta a las paupérrimas condiciones sociales. El problema no es la pertenencia a un determinado grupo social, sino más bien el tipo de relaciones de poder que se establecen entre empleados y empleadores, entre empresas y consumidores. Así, el argumento asociado a la irrupción del “Chile real” no solo es ofensivo, sino que nos ilustra además respecto de la forma en que un segmento de la élite económica nacional justifica los abusos de poder: simplemente como un problema de “mala clase”.

Fuente: El Mostrador

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