Wednesday, August 10, 2011

¿Una revolución lírica?


Algunos tienden a mirar a nuestros dirigentes estudiantiles como profetas y en esa lógica, cualquier disenso es visto como herejía.

por Daniel Mansuy Huerta

En su intento por explicar su distancia con los sucesos de mayo de 1968, Milan Kundera suele comparar lo ocurrido en Francia con la primavera de Praga. La revuelta parisina fue, según Kundera, la exaltación del sentimiento lírico. Este último supone la pérdida del sentido de los límites de la acción: en nombre de la poesía, todo parece posible. Por el contrario, la primavera de Praga fue una revuelta de escépticos y moderados, cuyas pretensiones eran mucho más modestas: nada de transformar la condición humana, sino simplemente hacer del mundo un lugar un poco más amable.
En la delicada cornisa por la que transita todo movimiento social, nuestros estudiantes parecen haber renunciado a la sabiduría de Praga con tal de imitar a los jóvenes del 68. Han escogido el peor de los caminos, porque la actitud lírica supone la renuncia al diálogo: los líricos siempre buscan imponer antes que persuadir. Nada más revelador de este rasgo que el vocabulario: los estudiantes emplazan, exigen, plantean plebiscitos (¿?) y ultimátum, pues ven en el mero hecho de discutir una abdicación indigna para con la grandeza que creen encarnar. Son incapaces de guardar distancia con sus propias ideas, y faltan así a la primera regla de la democracia, que consiste en aceptar que nadie posee toda la verdad. Nuestros estudiantes han salido del plano de la política, y están jugando otro juego, que tiene otros nombres. De paso, horadan alegremente las frágiles bases de nuestra convivencia. No se trata de condenar todo conflicto pues, como sugería Maquiavelo, éste puede ser signo de vitalidad; pero sí de entender que los conflictos sólo encuentran sentido si dan lugar a una deliberación común.

En cualquier caso, la aventura lírica de los estudiantes no ha sido solitaria. Han contado con la complicidad de nuestras elites que, durante decenios, se han tomado el problema educativo con una indolencia difícil de explicar. Han tenido también la colaboración de los rectores y de la oposición, que han carecido del coraje mínimo para asumir sus propias responsabilidades y enfrentar el lirismo. Algunos miran a nuestros dirigentes estudiantiles como profetas portadores de una nueva verdad, como mensajeros de lo absoluto y, en esa lógica, cualquier disenso se convierte en herejía: todo lirismo tiene una dimensión religiosa. Por último, el gobierno no lo ha hecho nada de mal, y en su proverbial irreflexión, ha oscilado entre un entreguismo acomplejado (sin entender que para los líricos toda propuesta es insuficiente, porque el mundo les parece insuficiente) y un tardío interés por el orden público (que no puede sino atizar aun más los ánimos).

Y sin embargo, la verdad es que para enfrentar en serio nuestros problemas, el lirismo no sólo es inútil, sino que también es un estorbo, pues no existen los atajos y las consignas vacías sólo oscurecen el debate. Las soluciones son lentas y, peor, requieren mucho estudio, trabajo y reflexión común. Naturalmente, hay que cuidarse de no volver a caer en el conformismo complaciente en el que nos hemos descansado por demasiado tiempo, pero no será el lirismo envuelto en el discurso de los estudiantes el que nos ayude a salir de allí. Porque las revoluciones líricas, aunque triunfen, están condenadas al fracaso

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