Wednesday, September 21, 2011

Allamand…


Colodro, Max
Martes 20 de Septiembre de 2011
Fuente: La Segunda
Definitivamente, el destino se ríe de los hombres; como en el relato de Borges sobre la lotería de Babilonia, pareciera que al final no tenemos más alternativa que resignarnos a los designios del azar, a los caprichos temperamentales de la diosa Fortuna. Ahora ella ha querido que el actual ministro de Defensa juegue un rol estelar en una de las tragedias más conmovedoras del último tiempo, un accidente que se ha llevado la vida de personas queridas y apreciadas públicamente, que fallecen en un esfuerzo por ayudar a otros chilenos, precarios e insulares, marcados también hace poco más de un año por el sino de la fatalidad.

Andrés Allamand ha debido moverse sobre la delgada línea que separa el impacto emocional y el cumplimiento de sus responsabilidades. No pudo acompañar de cerca a su mujer en el dolor por la pérdida de su hermano; no ha tenido casi tiempo para la soledad y la reflexión, para sopesar en su interior la dimensión personal y colectiva de este drama y, con seguridad, ha de haber revivido en estos días la conmoción de otras pérdidas irreparables que lo han golpeado en su historia reciente. Pero junto con todos estos estertores profundos, el azar lo ha dispuesto también para encabezar una operación de rescate que ha sido ejemplar, donde no se han escatimado esfuerzos y recursos humanos para poder llevar hasta los deudos los restos mortales de sus seres queridos. Allamand ha sido la cara visible de esta triste epopeya y ha tenido, a pesar de todo, la mesura para combinar dolor y deber, realidad y esperanza.

Puede resultar duro y políticamente impropio, pero es innegable que lo vivido en estas semanas tiene y tendrá consecuencias en la opinión pública. No es difícil anticipar que en las encuestas que a partir de ahora conocerá el país la gestión del ministro Allamand tendrá un reconocimiento significativo. Ya había ocurrido cuando Bachelet se subió a un tanque en medio de las inundaciones, y el año pasado, cuando Golborne fue el rostro del rescate a los mineros. Así funciona en estos tiempos mediáticos la ciudadanía: es tremendamente voluble y sensible a estos dramas removedores, y quienes son escogidos por las circunstancias para conducirlos, no pueden escapar de los efectos emocionales que ellos generan.

Para Allamand el tema no es ni será fácil. Queriéndolo o no, esta tragedia familiar y nacional terminará por generarle enormes dividendos políticos. Su nombre se instalará muy por encima del respaldo general a un gobierno que ha debido cargar con serios conflictos sociales en los últimos meses. De modo inevitable, este hecho impondrá sobre el propio ministro una genuina carga de ambivalencia: quedará ubicado precisamente ahí donde todo político sueña estar, pero no podrá borrar la amargura de las circunstancias que han provocado dicho desenlace. Una vez más, el azar y la fortuna han hecho su juego, mostrando sin ambages las líneas maliciosas de su propia sonrisa.

Pero no hay nada que hacer y nada por lo cual sentir remordimiento. Es la vida simplemente, para alegría de algunos y envidia de muchos. Quizá lo único que el país podría exigirle a Andrés Allamand es que muestre la misma mesura, respeto y responsabilidad que ha mostrado en estos días, cuando llegue la hora de administrar lo que sin buscar ha recibido y, sobre todo, cuando deba aquilatar las implicancias que ello tiene sobre sus proyecciones políticas de mediano y largo plazo

4 comments:

Llanera Solitaria said...

La pasta de un líder y la sensibilidad de un hombre común.

Carmen Domínguez R-T said...

El hombre quedó bien posicionado. Más aún, pensando que la concertación está destruída.

Armando Jaramillo Lira said...

Sin atentar a la consideración que merecen las anteriores opiniones, me interpreta y por lo tanto suscribo el planteamiento del profesor Carlos Peña, publicado en El Mercurio 18-09-2011. Aqui va parte de ello:


¿Qué lecciones deja el accidente de Juan Fernández?

Varias, y no todas alentadoras.

Desde luego, pone de manifiesto, por enésima vez, la peligrosa confusión entre las funciones públicas y los vínculos privados, entre las reglas y las redes. Luego de este caso, se supo que la Fuerza Aérea (por muy buenos motivos, pero, ya se sabe, cuando se trata del Estado los buenos motivos no bastan) acostumbraba poner a disposición de una iniciativa privada materiales, personal y recursos públicos.

A primera vista el asunto no tiene nada de malo, pero una vez que la resaca emocional se disipa y el efluvio de la pérdida principia a disolverse, las preguntas son obvias: ¿cuál es el procedimiento con que la Fuerza Aérea pone a disposición de particulares los recursos que administra?, ¿de qué depende obtener ayuda en las más altas esferas del Estado para emprender una iniciativa filantrópica?, ¿de la audacia que tienen sus patrocinadores para tocar puertas?, ¿de la notoriedad de los que la empujan?, ¿del juicio que el valor de la iniciativa les merezca a los generales, al ministro? Como las iniciativas filantrópicas suelen ser abundantes, es imprescindible preguntar cuál es el criterio con que se prefiere a unas y se desoye a otras. ¿Depende de los vínculos personales de quienes las patrocinan?, ¿de sus contactos políticos?

Son preguntas incómodas; pero es deber de la Fuerza Aérea (o del ministro de Defensa) responderlas.

Mario Grez said...

Que a Allamand le subieron los bonos...le subieron.