Wednesday, January 11, 2012

Los desafíos del oficialismo


Si la derecha no accede a cambiar el binominal por convicción, quizá debería hacerlo en función de sus propios intereses.

por Daniel Mansuy Huerta

La reunión del lunes entre el Presidente Piñera y los dirigentes de la Coalición parece haber concluido en torno a dos decisiones. La primera es que el Ejecutivo enviará un proyecto de reforma tributaria aunque no logre el respaldo de todo el sector. La segunda es que la modificación al binominal seguirá condicionada a un consenso al interior del bloque oficialista. En buen chileno: una para ti, una para mí. Es un poco burdo, pero nunca es tarde para aprender a hacer política.
En la reforma tributaria, el Presidente apuesta alto. Es obvio que hay cuestiones que necesitan modificaciones profundas, como la diferencia de trato entre personas y empresas, o la consideración de los gastos en educación. La derecha debe entender que aquí se juega algo muy importante, y que no puede reducirse a supuestas encantaciones comunistas. No obstante, una reforma de este tipo no puede hacerse de modo precipitado. Es, más bien, un trabajo de orfebres, y éstos no abundan en Palacio.
Así las cosas, uno puede preguntarse qué va a salir de aquí en un año electoral si el gobierno ni siquiera es capaz de obtener el apoyo de sus propias huestes. Además, ya estamos todos informados de que el plan estratégico de la Concertación tiene sólo dos líneas: la primera contempla el regreso de Michelle Bachelet, y la segunda indica que hay que estropear todas las iniciativas del gobierno. Dicho de otro modo, si el Presidente ofrece uno, siempre le pedirán 10 ó 20 de vuelta; total, pedir es gratis. Quizá la única posibilidad de tener una reforma tributaria ordenada pasa por poner al frente a Pablo Longueira, quien cuenta con la experiencia para alcanzar acuerdos y el liderazgo para asegurar el apoyo de la UDI. Pero es al menos dudoso que el Presidente quiera darle (aún) más poder a su ministro de Economía.
En lo que respecta al binominal, el Presidente prefiere esperar, y tiene buenas razones: una imposición puede desatar una guerra civil. Por lo demás, la oposición no tiene mucha autoridad moral en el tema más allá de los alardes para la galería -baste recordar su hostilidad a las proposiciones de la comisión Boeninger. Con todo, la derecha haría bien en tomarse en serio este problema si quiere tener alguna proyección en el tiempo.
No se trata de demonizar al binominal, que está lejos de ser el responsable de todos nuestros males, como tantos quieren hacernos creer. Sin embargo, es innegable que el binominal ha producido, al menos, una consecuencia nefasta para la derecha: convertirla en rentista. La mayoría de los parlamentarios de la Coalición no están interesados en ser mayoría: no les toca ni les interesa, pues saben que un 30% es suficiente. El binominal explica, en buena parte, la debilidad estructural del sector, que carece simplemente de vocación mayoritaria.
Por eso, gobernar se le hace cuesta arriba a la Coalición, y ni hablar de gobernar con ideas de derecha. En ese sentido, si el oficialismo no accede a cambiar el binominal por convicción, quizá debería hacerlo en función de sus propios intereses. Por paradójico que parezca, el actual sistema electoral condena a la derecha a una eterna posición defensiva y minoritaria: nada de raro entonces que siga perdiendo incluso las batallas que parece haber ganado

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