Thursday, April 05, 2012

La nueva moral



por Daniel Mansuy Huerta

LOS BUENOS por acá; los malos, por allá. La discusión sobre la ley antidiscriminación refleja bien el maniqueísmo que se ha ido apoderando de nuestras discusiones. La táctica es tan vieja como Rousseau y consiste en evitar el debate racional apelando a la condena moral. Aplicado a este caso, el razonamiento es más o menos el siguiente: si usted es contrario a la ley antidiscriminación, entonces usted es una miseria moral. El contradictor es reducido así al silencio, y eso sin ninguna necesidad de argumentar: negocio redondo por donde se le mire.

El bando "progresista" se atribuye así el monopolio de la bondad moral y no duda jamás de estar en el lado correcto: el mal, son los otros (baste leer la columna publicada el lunes por el profesor Mauricio Tapia en estas mismas páginas). En efecto, ¿por qué molestarse en atender argumentos que no son más que la fachada de prejuicios más o menos pueriles? La insinuación, a veces, puede ser más directa: ¿cómo tomar en serio a quienes se hacen cómplices por sus ideas del asesinato de Daniel Zamudio? Desde luego, tipos así no merecen un minuto de nuestro tiempo y sólo demuestran la imperiosa necesidad de continuar la cruzada por extirpar el mal del mundo.

Así, poco a poco, se va erigiendo una nueva moral, cuyos defectos no tienen nada que envidiarle a la antigua, con su séquito de militantes y de profetas, con sus verdades sagradas y su beatería. En rigor, la única novedad de la nueva moral es su paradoja intrínseca: aunque insiste en la neutralidad liberal y en la prioridad de lo justo sobre lo bueno, asume de hecho un discurso moral tanto o más sustantivo que sus predecesoras.

De cualquier modo, esta manera de "discutir" les hace un flaco favor a las causas que defiende, que pueden ser perfectamente justas. En democracia nadie puede pretender poseer toda la verdad, y por lo mismo, no estamos obligados a pensar igual. Hace falta un esfuerzo común para aceptar que nuestros desacuerdos son legítimos, por más profundos que sean, y esto vale para todos los sectores. Si no queremos que nuestro horizonte se estreche, si no queremos caer en el más plano de los conformismos, entonces debemos crear el clima necesario para que todos los puntos de vista se expliciten con la mayor libertad posible: incluso del error ajeno, decía Camus, tenemos mucho que aprender.

Por eso es normal, y hasta deseable, que haya interrogaciones sobre la ley antidiscriminación. Uno puede preguntarse, por ejemplo, si el derecho penal es la mejor herramienta para resolver este tipo de problemas, o si es adecuado crear categorías que rompen el principio de igualdad ante la ley y que, de paso, pueden terminar atentando contra la libertad de expresión. Estoy lejos de tener respuestas para estas preguntas, pero me parece indispensable formularlas con el mayor cuidado si queremos hacer algo más que legislar al ritmo de las redes sociales. Dicho de otro modo: no existe ninguna relación causal entre el grado de indignación moral por el caso Zamudio y la capacidad de comprender cabalmente lo ocurrido, y poder dar así con los remedios indicados. Pero vaya que debe ser difícil de entender todo esto en el mundo de las certezas, allí donde no caben las dudas y reina la bondad moral.

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