Wednesday, May 02, 2012

El trance de una alianza


Oscar Guillermo Garretón Fuente: La Segunda

Pocas semanas atrás, la Concertación asombraba al país con primarias donde votaron 320.000 personas para elegir candidatos a alcalde. Era la cosecha de lecciones aprendidas. Abrir la política a la gente, terminar con las designaciones a puertas cerradas, dar espacio efectivo y amplio a la participación ciudadana. Parecía que los malos tiempos quedaban atrás.

Sin embargo, poco después la señal enviada fue exactamente la contraria. División en listas de concejales, tesis enfrentadas sobre la suerte de la coalición, disparos cruzados entre dirigentes. Se reforzaba así en la población la sospecha de que persisten los conciliábulos entre cuatro paredes. Sospecha agravada por la desaparición en los discursos concertacionistas del cambio al sistema binominal, para más remate, cuando las encuestas recogen un mayoritario y creciente repudio a su existencia.

No es un cuadro muy entusiasmante para la viajera que reflexiona sobre su futuro en Nueva York.

La discusión instalada sobre la política de alianzas quizás tuvo un origen más instrumental y electoral que ideológico, pero subyacen bajo ella visiones que son algo más que un problema de cupos o puntos en una elección municipal. La tesis de una Concertación que se abre a un pacto electoral con otras fuerzas opositoras, como el PC, no es conciliable con la tesis de un “frente de izquierda” que posteriormente buscaría concordar con la DC.

La Concertación expresó en estos últimos decenios la convicción de que sólo una alianza sólida entre el centro y la izquierda democrática constituye un “piso” para impulsar los cambios que se necesitan. No se equivocó al pensar así. Fue esa alianza la que derrotó a la dictadura y, más tarde, la que hizo prosperar de tal manera al país, especialmente a los más pobres, que Chile cambió profundamente, teniendo como eje de ese cambio la emergencia de una numerosa clase media significativamente más próspera, numerosa e instruida, y por ende más exigente y libre. Precisamente porque fue exitosa, todo un ciclo histórico se cerró y hoy las propuestas de una alianza como ella deben ser distintas.

Pero sigue vigente la convicción, grabada a punta de desgarros por la derrota de la UP y luego por la victoria sobre la dictadura, de que un bloque mayoritario por los cambios —como él se llame—, unido en propuestas y accionar, es condición para provocar reformas reales y profundas. Cambios con la solidez que dan la gradualidad y la paz, a diferencia de esa inmediatez y radicalidad que, “en nombre del pueblo” pero sin parte suficiente de él, siempre ha derivado en impotencias o en fracasos costosos.

No es menor el desafío abierto a la oposición. Es demasiado pedir a la popularidad de Michelle Bachelet que disculpe el desorden reciente y la ausencia de temas de país en la discusión. No es la educación, no es el combate a los abusos con consumidores, no es la crisis energética que ya comenzó a golpearnos; no es la delincuencia, no es la participación ciudadana, que incluye el compromiso de las primarias y de terminar con el binominal; no es el crecimiento económico y el empleo de calidad. En cambio, sí es el gallito cupular que deprecia a poco andar unas primarias notables y, en otros, la decisión de terminar con el bloque mayoritario por los cambios que congrega izquierda democrática y centro, para ilusionarse con un frente sólo de izquierda que la historia demostró inepto para construir cambios sólidos e irreversibles.

Me siento convocado por aquellos que en la Concertación han tenido el valor de hacer oír su reclamo. También hay responsabilidad en los que callan.

Con todo, el futuro está abierto, se construye coyuntura tras coyuntura. La discusión de la reforma tributaria puede mostrar una oposición dedicada al póquer frívolo de “lo tuyo y dos más” o a la feria de individualidades, agregando razones a una imagen de desorden e ingobernabilidad. Pero también puede servir para mostrar una oposición con visión común de país, que la lleva a concordar y discrepar. O sea, a actuar como quien aspira a validar su opción de ser gobierno.

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