Wednesday, May 02, 2012

Impuestos y clase media



por Daniel Mansuy Huerta

Quizás el principal problema de la reforma tributaria impulsada por el gobierno sea su dispersión: al buscar satisfacer muchas demandas distintas, se termina sacrificando la coherencia. Y aunque no está mal orientada, la reforma es tímida y deja varios cabos sueltos. Las dificultades, como le suele ocurrir a esta administración, comienzan con las expectativas: la retórica empalagosa puede pagarse caro. Dicho de otro modo, el Ejecutivo deberá mantener la muñeca firme si no quiere salir trasquilado del Congreso, donde abundan los díscolos dispuestos a todo por un minuto de gloria.

Uno de los objetivos explícitos de la reforma es, según el Presidente, aliviar a la clase media. Al reducir el impuesto a la renta y permitir la deducción de parte de los gastos en educación, el gobierno hace una apuesta por una categoría social un poco difusa, pero no por eso menos real. Los más críticos dicen que estas medidas no apuntan tanto a la clase media, sino a los quintiles más altos que pagan altas tasas de impuesto y envían a sus hijos a colegios privados. El argumento no es completamente falso, pero olvida que la “clase media” tiene mucho más que ver con la sociología que con la estadística, porque es una disposición antes que un promedio.

Por lo mismo, la sola indicación de salario es bien insuficiente para dar cuenta de una categoría de este tipo, pues también hay que mirar la composición del grupo familiar: $ 800.000 de sueldo para un soltero joven no son lo mismo que $ 800.000 para una mujer que educa sola a tres hijos. Por eso yerran quienes critican la medida, porque incentivaría la segregación, al permitir el reembolso de gastos en educación. En rigor, la propuesta sólo busca hacer una distinción de justicia elemental: considerar la realidad del contribuyente antes de cobrarle impuestos.

Ahora bien, queda pendiente la pregunta de saber qué diablos es la clase media. El problema es que ésta se define justamente en su relación con otras categorías. Aristóteles hablaba de los “intermedios”, aquellos ni muy ricos ni muy pobres, y les atribuía el rol de proveer estabilidad a la polis. Una ciudad sin clase media, decía, está condenada a la tiranía por la dominación de uno de sus extremos, porque sólo los “intermedios” pueden aportar la necesaria cuota de moderación. La Concertación podrá hacer todas las gárgaras del mundo criticando una supuesta reforma de macetero, pero no olvidaremos que los grandes empresarios nunca estuvieron mejor que bajo su reinado. Los veinte años de Concertación tienen mucho de oligárquicos, y ese esperpento llamado Costanera Center nos lo recordará día a día.

Por eso el gobierno no se equivoca dirigiendo parte importante de sus esfuerzos hacia la clase media, y es más, podría ganar mucho en claridad si lograra articular un discurso coherente en ese sentido. Esto no implica olvidar que hay otros sectores mucho más vulnerables, sino comprender que por su posición, la clase “intermedia” es un formidable agente de transformación social, capaz de arrastrar en su dinámica a las otras categorías. Poner atención en la clase media no es un discurso populista ni difuso: es simplemente tomar nota de las energías implícitas en el cuerpo social, que pueden dar muchos frutos si son bien orientadas.

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