Wednesday, June 13, 2012

El espectro del pasado



por Daniel Mansuy Huerta

El nivel de desórdenes ocurridos el domingo por la emisión del documental que busca reivindicar la figura de Augusto Pinochet son reveladores de algunos aspectos ocultos de nuestra situación. Por de pronto, y por más que matemos la transición, la verdad sigue ahí, inconmovible: las brasas del quiebre de 1973 siguen quemando 40 años después. Aún no somos capaces de mirar el pasado con un mínimo de distancia y cualquier gesto puede bastar para tocar la llaga y abrir nuevamente un capítulo que creíamos archivado. Es, quizás, una ironía de la historia: Pinochet sigue siendo la figura ordenadora de nuestra vida colectiva y lo seguirá siendo mientras nadie piense un proyecto político lo suficientemente poderoso como para sacarnos definitivamente del siglo XX.

Por eso, muchos simplemente no toleran la sola existencia de partidarios del extinto general. El consenso que hemos construido supone (enhorabuena) la condena irrestricta a las violaciones de los derechos humanos y el menor atisbo de disenso nos insoporta: queremos que todos piensen exactamente lo mismo que nosotros. Naturalmente, la dificultad estriba en que la libertad de expresión no tiene ningún valor si no vale para aquellos que cuestionan los consensos, basta releer a Mill. Y no deja de ser curioso cómo los detractores de Pinochet se esfuerzan por restablecer de facto el artículo octavo que tanto habían combatido. Nos encontramos frente a una paradoja central del pensamiento moderno (que Popper intentó resolver sin éxito): ¿cómo justificar los límites a la libertad de expresión en una lógica liberal? ¿Puede una sociedad humana subsistir sin credos que funden la convivencia?

El problema es complicado y tiene varias dimensiones. Por un lado, nuestro consenso tiene mucho de razonable: no queremos, bajo ninguna circunstancia, que personas sean torturadas o tiradas al mar. Sin embargo, toda opinión dominante tiene defectos inherentes: el consenso tiende a convertirse en dogma y se pierde así el espacio para los matices, indispensables para dar cuenta de la historia. Por dar un solo ejemplo, la comparación (cada día más frecuente) entre Pinochet y Hitler puede ser muy gratificante para nuestras conciencias posmodernas, pero es absolutamente inútil si queremos avanzar en la comprensión de nuestro pasado.

No es exteriorizando el mal ni asumiendo un punto de vista puramente moral que lograremos ver mejor nuestra historia. Es obvio que la derecha está al debe, pues no ha emprendido una reflexión profunda sobre su propio rol en las atrocidades perpetradas, pero también le falta a la izquierda una crítica mucho más radical del uso de la violencia como método de acción política. Y no se trata de jugar al empate, ni menos aún de justificar la tortura por las circunstancias. No suscribo la tesis de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, porque creo demasiado en la libertad y en la responsabilidad personales: ningún contexto puede justificar cierto tipo de actos. Con todo, debemos hacer al mismo tiempo un esfuerzo por ir más allá de la indignación moral, porque para desactivar la lógica de la violencia, hay que mirarla de frente e indagar sus resortes. Espero que mi generación logre hacer ese trabajo, porque nuestra tragedia se merece más que la comedia de la repetición

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