Friday, September 21, 2012

Senador Ignacio Walker y Asamblea Constituyente


CARTA PUBLICADA EN EL MERCURIO HACE UN AÑO

Miércoles 17 de Agosto de 2011
Democracia de instituciones

Señor Director:
No hay sustituto para la democracia representativa y sus instituciones. Las democracias "populares" (supuestamente participativas) devinieron en regímenes autoritarios de izquierda (comunismo). Las democracias "orgánicas" devinieron en regímenes autoritarios de derecha (fascismo), con sus distintas variantes, como la democracia "protegida" (del pueblo fundamentalmente), establecida en la Constitución de 1980.
Hoy campea en América Latina, en regímenes como los de Chávez y de Morales, en Venezuela y Bolivia, respectivamente, una nueva modalidad de democracia "participativa", que es la "plebiscitaria". ¿Cuál sería el problema de consultar directamente al pueblo algún asunto de interés público? El problema es que esa democracia plebiscitaria (o "populista", porque en la práctica devienen en sinónimos) termina por conculcar o amenazar gravemente los derechos y libertades comúnmente asociados a la democracia representativa. El líder apela directamente a las masas y termina baipaseando, amenazando, o suprimiendo instituciones tan valiosas como la libertad de expresión, la separación efectiva de los poderes públicos, la autonomía del poder judicial, el Estado de Derecho, la supremacía constitucional, e instituciones tan centrales para el funcionamiento de una auténtica democracia, como el Parlamento, el Tribunal Constitucional, la Corte Suprema y los partidos políticos.
Todo suena muy bien con la democracia directa, participativa o plebiscitaria, pero el resultado práctico es muy malo. El plebiscito mismo es una institución de muy dudosas credenciales democráticas. La evidencia empírica demuestra que en el último medio siglo los plebiscitos han sido más utilizados por las dictaduras que por las democracias. Por su parte, los escasos ejemplos de democracias plebiscitarias en países de mayor desarrollo político, como los Estados Unidos, tienen al borde de la ruina a estados de economías vibrantes, innovadores y pujantes, como el de California. Copiemos (adaptando) las cosas que funcionan bien, pero no las que funcionan mal. Por su parte, la democracia directa o participativa sólo se justifica en el nivel del poder local, comunal o municipal. Así nació a la vida pública hace 25 siglos, en Atenas, al interior de una Ciudad-Estado de unos 30 mil ciudadanos. Sigue siendo un instrumento útil en el plano del poder local. Ahí sí se justifica la democracia directa.
En un nivel más agregado, como el de la sociedad de masas, no hay mejor fórmula que la democracia representativa. Hago sinónimos la democracia representativa y la deliberativa, que prefiero englobar bajo el nombre de "democracia de instituciones", para distinguirla clara y tajantemente de regímenes personalistas, caciquistas y caudillistas, como los que surgen, una y otra vez, en forma recurrente, casi como una plaga, en América Latina, conduciendo a la ruina a nuestros pueblos.
El drama de nuestra región, desde el punto de vista del desarrollo político, consiste en la realidad de estados débiles e instituciones débiles. En este nivel, sí que tenemos ventajas comparativas. El desarrollo político chileno, desde el siglo XIX en adelante, está constituido por la temprana constitución del Estado (en forma) y de instituciones políticas que, con altos y bajos, han sido una constante de nuestro desarrollo político. El desafío que tenemos por delante no consiste en adoptar la forma del plebiscito, lo que puede conducirnos a la ruina, en la medida en que sustituye la democracia de instituciones por una democracia plebiscitaria y populista, sino en perfeccionar y profundizar nuestra democracia, enfrentando de una vez por todas las "reformas duras", tales como la sustitución del sistema binominal por uno de representación proporcional corregida, y las "súper mayorías" (leyes que exigen de un quórum especial de cuatro séptimos para su reforma, lo que en la práctica deviene en un veto de la minoría). El camino alternativo a la introducción del plebiscito no es el mantenimiento del statu quo sino una efectiva reforma política.
Voto a favor de la democracia de instituciones y en contra de la democracia plebiscitaria. Voto a favor de una democracia representativa y deliberativa y en contra de la demagogia y el populismo.

Ignacio Walker
Senador


Colaboración de Mauricio Pilleux Dresdner

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