Thursday, November 15, 2012

Promesas sin cumplir


La dimensión cívica de nuestras vidas ha quedado reducida al mero ejercicio de un derecho, que no tiene ya ninguna vinculación con el deber.

por Daniel Mansuy Huerta



LOS PROBLEMAS complejos rara vez admiten soluciones simples: tal podría ser una de las lecciones de la última municipal. Es lamentable que nuestros políticos la olviden con facilidad, pues suelen precipitarse y buscar atajos cuando enfrentan dificultades que no comprenden del todo.

Algo así ocurrió con la inscripción automática y el voto voluntario, reformas que fueron impulsadas para “revitalizar” nuestra alicaída democracia. Sin esas modificaciones, decían los profetas, nuestro sistema corría el riesgo de perder toda legitimidad. La solución pasaba por dar todas las facilidades del caso: usted no necesita inscribirse, usted vota siempre y cuando tenga ganas.

Tanta fue la precipitación, que cuando el director del Servel, Juan Ignacio García, advirtió que la inscripción automática podía presentar dificultades técnicas, todos le cayeron encima: los burócratas no tenían derecho a cerrar las grandes alamedas.

No obstante, hoy resulta evidente que Juan Ignacio García no andaba tan perdido. Nuestro antiguo sistema podía tener muchos defectos, pero tenía una gran ventaja: era confiable. El Registro Civil no es capaz de proveer un padrón que cumpla con las mismas características (hasta Salvador Allende aparecía en él). Además, en comunas pequeñas, la voluntad local puede ser torcida por el acarreo y porque la información del Registro Civil no tiene por qué ser exacta. Por otro lado, muchos vocales no tenían ni experiencia ni deseos de participar en elecciones, y sin embargo, les confiamos la administración de un proceso complejo.

Como sea, el resultado de la aventura no es demasiado estimulante. Si los abogados de la reforma nos prometían que ésta permitiría mayor participación e inclusión, es obvio que algunos nos deben explicaciones: en la elección municipal del 2012 votaron alrededor de 700.000 personas menos que en las del 2008, y lo más triste es que ni siquiera podemos culpar al binominal. Peor, la credibilidad del sistema quedó dañada, y ese sí puede ser un golpe mortal para la democracia, porque es el único fundamento que tenemos para respetar los resultados. Todo esto puede terminar alejando aún más a los que no participan, porque el nuevo sistema no es, en ningún caso, más legítimo que el anterior. La paradoja es que muchos de los impulsores de la reforma son los mismos que hoy se quejan de sus consecuencias: la acrobacia política debiera tener límites, partiendo por el mínimo pudor.

Ahora bien, lo más complicado de la introducción de la inscripción automática y el voto voluntario va por otro lado. Lo grave es que la clase política impulsó y aprobó un concepto de ciudadano que se asemeja demasiado al de consumidor. La dimensión cívica de nuestras vidas ha quedado reducida al mero ejercicio de un derecho, que no tiene ya ninguna vinculación con el deber. Como si todo esto no bastara, no faltan quienes afirman que el voto electrónico podría resolverlo todo: un simple “click” podría ahorrarnos hasta la molestia de mirar los rostros de los conciudadanos. Para quienes todavía creemos que Chile es una república más que un mercado y que la política es una actividad distinta a la compra de hamburguesas, urge repensar la cosa pública desde una matriz distinta. Antes de que sea demasiado tarde.

2 comments:

Antonio said...

Antes de que sea demasiado tarde.
Me recuerda a Nicolás Copano.
En Suiza también el voto es voluntario y en elecciones de este tipo no suele votar más de un 40% e incluso la abstención suele acercarse al 70% y no vamos a decir que la democracia Suiza está mal.
En EEUU la gente que vota suele ser un 40%.
En los antiguos regímenes de Europa Oriental votaban todos y no por eso eran una mejor democracia que en las que el voto es voluntario.
Además, se puede votar no votando.

Anonymous said...

Un muy interesante enfoque. Tarea : releer varias veces este artículo.

R. Olmedo