Tuesday, November 06, 2012

Recordar es Necesario...y Oportuno.


Los noticiarios dan a conocer la partida de Leonardo Favio. Efectivamente, este argentino de 74 años ha dejado de existir. Es curioso para mi - cuando menos - que la información de cuenta del fallecimiento del afamado cineasta en circunstancias que mi recuerdo, que será el de muchos, lo vinculemos más bien con una línea musical, una interpretación que mezcla lo romántico, lo poético y lo descriptivo. Se me agolpan a la memoria las postrimerías de los 60, para ser más preciso los años 1968 y 1969 en los que hacían furor melodías tales como “Ella, ya me olvidó”, o esa otra “ O quizás simplemente te regale una rosa” y porque no aquella tan pegajosa “ Ding, Dong, Ding, Dong son las cosas del amor”. Hasta el día de hoy, es decir, después de 43 o 44 años, muchas veces las radioemisoras las ponen en sintonía para el deleite de auditores que ya frisamos la tercera edad. La música, por encima de la nostalgia individual, tiene ese peculiar carácter que a través de sus frecuencias y sonidos nos transporta en el tiempo por arte de magia y nos hace revivir episodios y tiempos pretéritos que siempre, por reguleques que se hayan manifestado, no se por qué, pero terminamos añorándolos. Nuestro Chile, aquello que todavía llamamos la Patria, era muy distinta a como ahora se nos muestra. Éramos una cornisa que ya se descolgaba de la cordillera al mar en materia económica y de infraestructura. Leí por ahí que Santiago, a ese entonces, tenía algo así como unos 170 mil televisores (¿?). La veíamos en blanco y negro. Un aparato para toda la casa e instalado en un sector o espacio que sólo invitaba al sobadero y revoltijo. Un lugar democrático. Estaban el papá, la mamá, la nana, los niños, el perro, el o la polola de turno. Luego, no habían más que 4 o 5 marcas de automóviles que se fabricaban en sus plantas de Arica y Rancagua y, bueno, aspirar a uno de ellos, un último modelo, era sin duda “para ligas mayores”. Podría seguir enumerando los escasos bienes a los cuales teníamos acceso y pienso, en este orden, que tal vez el título “La Hispanoamérica del dolor” del historiador Jaime Eyzaguirre es todavía estrecho en contraste con el ofertón al cual la sociedad chilena de hoy tiene acceso.
Curiosamente, ese larvario mercado tenía una contrapartida. Y era notable. Y por cierto, muy notorio con lo que hoy se exhibe en lo que refiere a la discusión política. No sé si los temas eran de mayor enjundia o quienes los exponían y sustentaban eran de mayor prestancia. O, tal vez, ambas. Pero los dirigentes y líderes de aquellos años, cualquiera fuere el sector de donde provinieran, generaban expectación y, muchas veces, fascinación y deseos de secundarlos en sus posturas. Las tribunas de los hemiciclos disponían de una considerable y leal concurrencia. Había pasión y entrega asociado a un lenguaje culto y coherente como si el individuo de aquellos años supiere que no tenía otro maquillaje comunicacional que su propia fuerza interior y empeño para conquistar a la masa. Las postrimerías - como digo yo - de los 60 fueron tiempos de profundos cambios, ¡ radicales dirán unos, revolucionarios lo harán otros ¡ , pero los rumbos fueron reorientados en todos los ordenes. Recuerdo mi colegio, al que ingresé en 1961 a “primera preparatoria”, con un uniforme similar al que lucen en la cinematografía, alumnos de internados británicos, con frailes altos, de sotanas negras y largas, a gritos por los patios inculcando el idioma inglés, con una disciplina y respeto férreos. ¡ Qué susto ! En 1969, una gran patada se da al tablero, y a mitad de año ese establecimiento se declara en estado de asamblea; así, tal cual, y deja de ser lo que fue y experimenta profundas transformaciones en su “línea editorial” y en todo. La “Pontificia” Universidad Católica a esa fecha, ya le “había explicado” al cura Alfredo Silva Santiago que sus días en esa Casa de Estudios habían llegado a su término (y si no es esto, fue algo muy parecido). Los conocidos “gritos en el cielo” se hacían sentir a cada rato; fuere porque la reforma de esto o de esto otro era una amenaza que arreciaba de forma inminente. La DC con Frei Montalva le pavimentó el camino a la UP decían los más enojados. Ya durante este régimen hubo pasajes de franca hilaridad, por decirlo de alguna forma. Me recuerdo de uno que todavía me hace carcajear. La CMPC de Puente Alto vislumbró una posibilidad lejana de ser pasada a lo que se denominaba el “área social”. De ello, en forma inmediata, grandes pancartas impulsadas por El Mercurio desfilaban por los barrios capitalinos con la siguiente consigna “¡LA PAPELERA, NO!” Unos “paniaguados” aparecían sosteniéndolas con mucha garra y a viva voz defendiendo los intereses de una patriarcal familia chilena. Hasta los de la UP se la creyeron y esa “empresita” se mantuvo impoluta durante aquellos 1.000 días.
Este chispazo no postula banderías de ningún tipo. Es simplemente historia traída a colación del cantautor y cineasta que ya no está en este mundo. Y durante este período Favio nos hacía tatarear sus canciones con letras tan magníficas como las anotadas o simpáticas como el Tilín Tilín Tolón Tolón, o alguna otra que recordara su paupérrima infancia pero jamás previno que en este flaco terruño austral sus hombres y sus mujeres, algún día, merced de las enormes granjerías de este inconmensurable mercado del abasto que se instaló, les impondría un sistema mezquino, egoísta y determinándolos a recordar: “Para saber lo que es la Soledad ”, otra de sus conocidas interpretaciones musicales.
Pese a su origen argentino, Leonardo Favio, a través de lo que fue su trayectoria musical, nos permite evocarlo ahora con nostalgia porque le cantó al amor y a las experiencias triviales en momentos de un Chile tensado por los avatares políticos pero sin perder lo que hoy parece una de las mayores bajas que experimentan las actuales generaciones de chilenos: aquel rasgo que nos fue tan propio, perdimos ser “nosotros”.


Armando Jaramillo Lira.

4 comments:

Gustavo A. Cárdenas Ortega said...

Evocadora y no ajena a la nostalgia la columna escrita por Armando Jaramillo Lira, a propósito del fallecimiento del cantautor y cineasta argentino Leonardo Favio, acontecido ayer. Me sumo con entusiasmo a la visión que ella proyecta de las cosas que como país hemos ido irremediablemente perdiendo.
Es claro que en los años en que la voz profunda y sugerente de Favio inundaba el dial de nuestras radioemisoras y formaba parte del paisaje en que vivíamos, éramos quizá una patria más provinciana y ajena a las grandes decisiones que dirigen el mundo, pero sin duda era una sociedad más auténtica, con mayor respecto por la cultura, con una vida política más prestante y comprometida con el bien del país y una estirpe de políticos menos entregados a la frivolidad que los que han llegado a liderarnos en estos tiempos de democracia mostrenca. La columna me suscita muchas remembranzas, y demuestra cómo la música, en este caso la del gran artista fallecido, es un elemento que puede concitar el recuerdo y emoción de tiempos idos, en los que la vida toda tenía más sentido, o bien, para decirlo de otro modo, no agotaba todo su sentido en la voracidad materialista, la ambición, la fama, la riqueza y el poder.
Aprovecho la ocasión para compartir con los lectores un recuerdo de Leonardo Favio más reciente, de hace unos diez años. Estando en la ciudad de Buenos Aires, en el hotel puse la televisión y estaban transmitiendo una entrevista de la afamada presentadora y diva argentina Susana Jiménez a Leonardo Favio, en la cual el artista se explayó largamente y con emocionadas palabras sobre su infancia, sus logros, sus amistades, el amor, la política, sus empeños más caros de siempre. En un momento de la conversación, respondiendo una pregunta de la conductora, Favio precisó: “Mirá Susana –le dijo-, yo creo que el mundo se divide en dos clases de personas, los que sufren y los que hacen sufrir. Y yo, siempre, desde niño, me he sentido más cercano a los primeros”. Me parece que esa frase lo retrata y proporciona una buena clave explicativa de su arte, de su música y sus películas. Quizá puede considerarse un poco exagerada, por algunos, pero no se puede negar que es bastante nítido que los que andan por la vida apartados de una mínima consideración humana de las personas y las cosas, se alejan ineluctablemente de aquel sector con el que siempre solidarizó Favio; aun cuando hayan llegado a posiciones prominentes.

M. Eugenia Mastrantonio said...

Favio marcó una época como cantante y evocarla resulta sano y gratificante.

Carmen Domínguez R-T said...

Favio fue parte de un tiempo en que la vida pasaba más calma, más lenta,menos convulsionada.

Antonio Silva said...

La cultura hace al hombre más libre y más feliz; la civilización hace la vida más cómoda y más segura.
Hoy tenemos más civilización y menos cultura.
Tenemos más cosas con precio y menos valores, los cuales no tienen precio.
Tenemos más cosas para vivir y menos valores por los cuales vivir.
Como dijo Antonio Machado:"sólo el necio confunde valor y precio".