Friday, November 30, 2012

¿Una nueva derecha?,


por Daniel Mansuy Huerta

El cónclave que celebraron los centros de estudio de la derecha chilena el viernes pasado muestra bien que el sector ha sacado al menos una lección de su paso por la Moneda: el ejercicio del poder no se improvisa. Más allá de las buenas intenciones, e incluso más allá de los números, es evidente que al actual gobierno le faltó un discurso capaz de dotar de coherencia y sentido a su tarea. En ese contexto, no es sorpresa que la acción política del gobierno sea bastante ilegible, esto es, que no se pueda leer ni seguir pues carece de un hilo conductor. Extremando un poco las cosas, podría incluso decirse que ni siquiera se trata de una acción propiamente política, porque lo político no puede darse en ausencia de discurso.

Así las cosas, no es nada de raro que la derecha se formule algunas preguntas respecto de su identidad doctrinaria. Llegar hasta acá es sin duda un paso importante —el sector nunca se ha caracterizado por su inquietud intelectual—, pero ciertamente falta lo más difícil, que es responder la pregunta, o al menos intentarlo seriamente. El desafío es enorme, porque el último en pensar de modo sistemático a la derecha fue Jaime Guzmán, hace ya varios decenios. Guzmán proveyó a la derecha un cuerpo de ideas, claras y sistematizadas, que han servido como carta de navegación durante más de veinte años. La dificultad estriba en que la síntesis teórico-práctica de Guzmán (brillante por donde se le mire) respondía a un contexto histórico singular. Ya lo ha dicho Hugo Herrera: el modelo guzmaniano no es capaz de responder al escenario actual, y no por defectuoso, sino simplemente porque las circunstancias han variado. La afirmación no implica que los principios que inspiraban a Guzmán sean necesariamente incorrectos, sino solamente que éstos admiten más de una aplicación (por lo demás, la discusión resulta un poco ociosa mientras no exista una edición crítica de los textos y discursos de Guzmán que permita intentar estudiar más seriamente el problema) (y no deja de ser curioso que, transcurridos más de veinte años desde su asesinato, ése trabajo aún no haya sido hecho).

Como sea, puede decirse que la síntesis del fundador de la UDI puede ser muy útil en contextos más bien defensivos: tanto en guerra fría como desde la oposición la doctrina mostró una eficacia bien extraordinaria. Con todo, el sistema resulta menos convincente a la hora de asumir una actitud más propositiva, que es exactamente lo que ocurre cuando se debe administrar el Estado sin la amenaza de un enemigo externo. En ese sentido, puede decirse que el esquema se agotó: no sirve para construir ni proyectar una auténtica vocación de mayoría. Y no puede hacerlo porque, al menos en su interpretación más rígida, contiene una contradicción bien difícil de superar: tiende a despolitizar la sociedad, privando a ésta de su dimensión pública. Es, si se quiere, un esfuerzo por reprimir la pasión política. El problema es que lo político no puede reprimirse tan fácilmente porque está inscrito en la naturaleza misma del hombre. Un discurso político sin política es un discurso que nace muerto en un ambiente donde las ideas deben competir.

Si todo esto tiene algún sentido, entonces el primer desafío del sector pasa por repolitizar su discurso, esto es, dotarlo de un sentido público sustantivo. No se trata —como de algún modo pretendía la “nueva derecha” hinzpeteriana— de asumir dos o tres banderas progresistas, porque la cuestión no es ser más o menos despeinado ni agregar dos o tres temas de moda. El liberalismo en boga tampoco ayuda porque es también, en general, un discurso que evita la política al poner el acento en los derechos individuales, esos derechos burgueses que, al decir de Marx, separan a los hombres en lugar de unirlos. La tarea, creo, va por un lado distinto: hay que volver a pensar la política como aquella actividad desde la que podemos crear cosas comunes, bienes comunes. Y no es un problema de más o menos Estado (que es el lenguaje utilizado por la izquierda), sino de más o menos bienes públicos: cosas que podamos compartir y espacios donde podamos encontrarnos.

El campo de trabajo es vasto, y no puedo aquí detallar todas sus implicancias, sino solamente indicar algunas pistas. Esta labor implica, en primer lugar, pensar las ciudades chilenas, que han sido abandonadas a los designios del mercado. La ciudad es el espacio público por excelencia, y no podremos superar nuestros problemas mientras no la tomemos en serio: nuestra historia no puede construirse al margen del espacio que habitamos. Por otro lado, la derecha no puede seguir defendiendo ciegamente el actual sistema de salud si aún conserva una mínima noción de justicia social. Debe incluso renunciar a dogmas tan arraigados como la focalización del gasto público, en su versión más extrema, porque el principio de subsidiariedad negativo es incapaz de generar bienes públicos. Debe considerar más de cerca el problema de la educación pública, sin refugiarse constantemente en la libertad de los padres para elegir. Debe repensar la natalidad desde una perspectiva política, porque en Chile faltan muchos niños. La derecha debe, en suma, volver a preocuparse de lo público más que de lo privado, porque es la única manera de construir un discurso político coherente y dejar de administrar intereses. La república se lo merece.

Daniel Mansuy Huerta
Doctor en Ciencia política y profesor de la Universidad de los Andes

1 comment:

Anonymous said...

Menos mal que Daniel Mansuy nos hace ver que aún existe capacidad de razonar, para luego apechugar valientemente con las conclusiones.
Un enfoque claro, sin retoques, con diagnóstico quirúrgico. Que, lamentablemente, para nada será atendido en el segundo piso de Morandé 80.

R. Olmedo