Friday, December 21, 2012

El contubernio DC-PC




Gonzalo Arenas
Diputado

Fuente: El Mostrador

Tenso era el ambiente que se vivía en los minutos previos a la reunión bilateral de las directivas de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista.

Las acusaciones cruzadas de los últimos días habían sido duras. Los jerarcas democratacristianos habían acusado a los comunistas de no actuar ante las graves violaciones a los derechos humanos en algunos países. Guillermo lo negó, pero un parlamentario PC señaló tajantemente que creían en “la no intervención en estados soberanos”. El periodista que cubría la noticia no alcanzó a preguntarle si ese argumento no era muy parecido al que daban algunos partidarios del gobierno militar en los años 70… No hubo tiempo, los presidentes de ambos partidos estaban ingresando a la sala de reuniones.

Guillermo avanzaba con paso firme ante el enjambre de periodistas. “Señor presidente, unas declaraciones por favor”, le pidieron. “Sin comentarios, esta es una reunión muy tensa y difícil para el Partido Comunista”, fue la respuesta.

Al ingreso de Ignacio, la misma situación. “Señor presidente, por favor”. La respuesta fue del mismo tenor: “Es un tema muy difícil para nosotros estar aquí, imagínese la situación de la señora Payá en Cuba”, dijo con la voz cortada y los ojos vidriosos, “es muy duro, la Democracia Cristiana siempre se ha jugado por la democracia”.

Para la directiva DC esta reunión tampoco era un paso fácil. Días atrás el PC la había acusado de ser un partido que había apoyado el golpe militar de 1973. Sin embargo, el ex presidente Patricio Aylwin había dado una respuesta fuerte y contundente ante tan burda acusación, señalando que no habían apoyado el golpe, pero que era un asunto “discutible”.

Se cerraron las puertas.

“Bueno Guillermo. ¿Qué hacemos?”, preguntó el presidente DC. “Fácil —señaló con voz comprensiva el histórico dirigente comunista—, lo mismo que te dije el otro día; nos merecemos al menos siete cupos de diputados”.

“Sí, pero no lo podemos hacer así como así, o tú crees que me sale gratis darte más cupos. Me van a colgar, si ahora que no somos gobierno tengo un listado gigante de cesantes DC que tengo que meter en algún lado, sé comprensible”, puntualizó el presidente de la falange.

“Lo comprendo, Ignacio, lo comprendo —señaló el presidente PC—, pero igual se te pasó la mano con la ‘huevá’ de los derechos humanos”.

“Puede ser, pero es que tenemos que darle cierto dramatismo al tema. Si no decimos nada, no nos va a salir gratis”, recalcó con convicción Ignacio.

“Lo sé, por eso es que no podemos salir diciendo que todo está bien, si los compañeros igual son críticos —agregó Guillermo—. Por eso, yo pensaba decir algo como ‘se ratificaron los acuerdos y se abrió un camino de convergencia hacia delante’. ¿Qué tal?”

“Bien —contestó Ignacio—, pero yo tengo que salir diciendo algo sobre la democracia y los derechos humanos”. Reclinándose en la silla, con mirada desconfiada, Guillermo le dijo que no volvieran de nuevo con la tontera del ‘Estatuto de Garantías Democráticas’, recordándole que nunca se habían sentido amarrados por esos “papelitos”.

Una leve sonrisa se había dibujado en el rostro del presidente DC, mientras recordaba su nacimiento como partido político precisamente para enfrentar al comunismo. ¿Qué le iban a decir a sus correligionarios DC de Europa en la próxima reunión de la Internacional Demócrata Cristiana? Recordaba que ni siquiera contra Pinochet se habían querido mezclar mucho con el PC; ellos habían formando la “Alianza Democrática”, mientras que el PC el “Movimiento Democrático Popular”, junto al MIR.

Pero estos cuatro años sin el gobierno habían sido durísimos, recordaba Ignacio, cuántos militantes DC cesantes, Dios mío, había sido una masacre, había que negociar ¡salvando el honor de alguna forma! Todo sea por volver al gobierno, reflexionaba Ignacio, agotado de los llamados por pega. Era muy duro estar en la oposición.

“Paris bien vale una misa”, dijo Enrique IV cuando luchaba por alcanzar el trono de Francia. Bueno, siete cupos para diputados bien valía una misa con la Democracia Cristiana, pensaba Guillermo, mientras su teléfono celular se inundaba de afiebrados mensajes de texto “No negociar con esos DC imperialistas, capitalistas, fascistas, latifundistas. CAMILA; “No necesitamos a los DC, asamblea constituyente ahora. Poder popular”. CAMILO B.

Guillermo seguía revisando la lista de siete cupos a diputados, mientras Ignacio le repetía que algo debían decir sobre los derechos humanos. No podían apoyar públicamente a Siria, Corea del Norte y Cuba y que la DC no dijera nada.

“Habíamos pensado decir que nosotros tenemos un posición sobre democracia más ‘avanzada’ que ustedes”, le sugirió Guillermo y le repitió una vez más que ellos no podían condenar a Cuba, pero le ofrecía la siguiente declaración: “Yo sé que se restringen los derechos de las personas, no nos gusta eso, pero hay una situación más compleja’. ¿Qué tal?”.

Uno de los miembros de la delegación PC se le acercó al oído a Guillermo y le dijo que ese era el mismo argumento de la derecha en la época de Pinochet. El presidente comunista se giró levemente y entre labios señaló: “¡Cállate, huevón!”.

Con cara de interrogación, Ignacio miró a sus acompañantes, que bajaban los hombros en señal de que no veían objeción.

“Además, a nosotros la Michelle nos mandó una carta de saludos”, agregó Guillermo, con voz socarrona y un gesto de autosuficiencia. Ignacio sintió el golpe. Recordaba los innumerables llamados que había hecho a la ex presidenta y siempre la misma respuesta: “En estos momentos nuestro cliente tiene su celular apagado. Si desea dejar un mensaje de voz…”.

“¡Cresta! Capaz que la Jupi nos diera el teléfono malo a propósito”, pensó.

“Está bien”, dijo finalmente Ignacio, “pero no podemos salir de la mano ahora mismo, tenemos que alargar un poco el tongo, digamos que vamos hacer un seminario sobre derechos humanos”. Todos rieron al mismo tiempo. “¡Genial!”, decía un DC, “Perfecto”, agregaba uno de los representantes del PC.

“Bien —sentenció alguien—, salgamos y digámosle a la prensa que todavía nos dividen cosas de principios”. El estallido de risas fue espectacular.

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