Wednesday, February 06, 2013

La sonrisa de Michelle


Bachelet se convirtió en un rostro popular, pero políticamente inútil. Quizás eso le baste para ser electa, pero gobernar el nuevo Chile es otra historia.

por Daniel Mansuy Huerta

Michelle ha llegado a Chile. Pero no como muchos esperaban: vino discretamente a su residencia del lago Caburgua. Su visita, como tantas otras, tiene motivos privados que nadie podría criticar, pues merecido tiene su descanso luego de un intenso año al frente de ONU Mujeres. Michelle viene a descansar y no debemos molestarla con nuestros asuntos: hay que tratar bien a las visitas.

El problema pasa por otro lado y guarda relación con el plano elegido por Michelle Bachelet para proceder. Es obvio que tiene la mejor opción para llevarse la presidencia en las elecciones de este año, y es obvio que esa ventaja le da libertad para elegir sus tiempos y sus ritmos. Las dificultades empiezan más tarde, cuando uno se pregunta si acaso su preeminencia política no conlleva algunos deberes. ¿Es conveniente que una persona con su arrastre guarde silencio sobre todos y cada uno de los graves problemas que afectan a Chile? ¿Es razonable, en democracia, estar dispuestos a elegir a una persona que no se pronuncia sobre nada, y ni hablar de asumir responsabilidades? ¿Qué hace un candidato que no habla, que no opina, que ni siquiera intenta persuadir mediante el uso de la palabra?

Michelle Bachelet tiene un vínculo de confianza con los chilenos que ya se lo quisiera cualquier político. Pero no percibe que la confianza sólo sirve cuando se usa y se pone a disposición de una causa. La sonrisa de Michelle sólo está al servicio de Michelle; es el reino de la imagen. La actitud tiene algo de enigmática y es políticamente extraña. En el fondo, y a pesar de su trayectoria, Michelle Bachelet cree más en el espectáculo que en la política. La ex presidenta no parece tener mucha fe en las posibilidades que abre el ejercicio de la política, porque estas sólo pueden salir a la luz en el diálogo y en la deliberación, cuestiones que no parecen interesarle mucho.

En ese sentido, puede decirse que Michelle Bachelet ha llevado el lavinismo a su grado de perfección suma. Ella encarna el fin del discurso político a partir de la instalación de un personalismo que no responde a la política, porque no tiene necesidad de ella. Está más allá de las vicisitudes propias de los mortales. Lo curioso es que la izquierda, el sector con mayor densidad pública en nuestro país, esté dispuesta a tragarse una historieta de ese tipo. Al parecer, la UDI no tiene el monopolio del pragmatismo.

Debord decía que el espectáculo es el capital llevado a tal grado de acumulación que se convierte en imagen. La única actividad que exige de parte del espectador es la aceptación pasiva de aquella imagen que, por su sola presencia, se convierte en argumento. La sonrisa de Michelle se ha convertido en algo bien parecido: tiene valor de amuleto, de talismán, de fetiche mágico. No importa lo que diga, no importa lo que haga, no importa lo que haya hecho: su sonrisa es siempre más fuerte. Más fuerte que nuestras ganas de discutir, de conversar y de pensar; más fuerte que nuestras ideas -las que sean.

Si algo así puede ocurrir, es porque su sonrisa ya no es un fenómeno político, sino un fenómeno publicitario: Michelle se convirtió en un rostro popular, pero políticamente inútil. Es posible que eso le baste para ser electa, pero gobernar el nuevo Chile ya es otra historia.

1 comment:

Anonymous said...

Diagnóstico preciso, y muy - muy - bien expuesto y argumentado.

R. Olmedo