Wednesday, March 20, 2013

Un asunto personal

Michelle, en el fondo, vuelve por lo suyo. Por más que cueste admitirlo, no sólo la derecha confunde lo público con lo privado.


por Daniel Mansuy Huerta - 20/03/2013


MICHELLE Bachelet oficializó su renuncia a la oficina ONU Mujeres -uno de esos organismos internacionales con alto presupuesto, buena visibilidad, oficina en Nueva York y utilidad cercana a cero- aduciendo “motivos personales”. Las palabras escogidas por la ex presidenta son cuando menos inquietantes, porque parecen reflejar su manera de concebir la cosa pública: la Presidencia de Chile, la política y la República son para ella cosas “personales”. Michelle, en el fondo, vuelve por lo suyo. Por más que cueste admitirlo, no sólo la derecha confunde lo público con lo privado.

Como sea, todo esto supone una reducción un poco brutal de nuestro espacio público. Es cierto que éste nunca ha sido demasiado denso, pero las cosas siempre pueden estar peor. Podría incluso decirse, parafraseando a Montesquieu, que en Chile una monarquía se esconde tras la forma de una república: Michelle Bachelet no pretende gobernar a libres e iguales. No es descabellado entonces suponer que uno de los objetivos de la flamante candidata será reducir al máximo posible todos los espacios de discusión y deliberación: su hechizo reside en otra parte. Es comprensible hasta cierto punto: a nadie le gusta discutir en público sus asuntos personales.

Sin embargo, Chile enfrenta desafíos demasiado grandes como para darse el lujo de refugiarse en la superstición. Es indispensable que las primarias de ambos pactos sean ejercicios reales de deliberación, donde las ideas se confronten, y no haya presiones para bajar o silenciar a candidatos incómodos o poco funcionales. Habrá sin duda intentos de reducir la primaria de la oposición a un mero ejercicio de ratificación, y habrá también intentos por llenar los debates de reglamentos y letra chica cuyo único objetivo será impedir en ellos todo atisbo de auténtica discusión. Con todo, es responsabilidad de todos exigir que se cumplan condiciones mínimas de diálogo público. Y es responsabilidad de los políticos el tomarse en serio estas exigencias, y no permitir que la política se convierta en un espacio publicitario más, donde el marketing vale tanto o más que lo propiamente político.

En los últimos años Chile ha cambiado los estándares de evaluación. Dicho de otro modo, hoy se nos hacen intragables actitudes que hace 20 o 30 años aceptábamos sin hacernos muchas preguntas. Esto vale para periodistas, obispos, profesores, policías y, en general, para todos aquellos que ejercen algún tipo de autoridad. Nos hemos puesto muy exigentes, lo que es una buena noticia si también lo somos para con nosotros mismos (que es la parte difícil, y realmente interesante, del asunto). Pero sería bien raro que no aplicáramos los nuevos estándares a los políticos y, más aún, a los candidatos presidenciales. Para que los cambios que hemos vivido tengan algún sentido, es imprescindible que nunca más un candidato pueda ser elegido como fue elegida Michelle Bachelet en 2006 -sin decir prácticamente nada, asumiendo el rol de víctima- y que nunca más alguien pueda decir que una candidatura presidencial es algo así como un “motivo personal”. De lo contrario, todo habrá sido en vano, y estaremos de regreso en la transición, esa tierra donde nadie responde por lo que hace ni se hace cargo de lo que dice.

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