Wednesday, April 17, 2013

Por donde pecas







Al derribar a Provoste el 2008, la derecha banalizó un instrumento cuyo uso sólo se justifica en crisis graves. La Concertación no hizo más que aprender la lección.


por Daniel Mansuy Huerta


“REAFIRMO el principio de que los ministros de Estado responden políticamente sólo ante la Presidenta de la República. Haré lo que sea necesario para que esta decisión del Senado no se transforme en un mal precedente y para que se respete este fundamento de nuestro régimen presidencial”. La frase fue pronunciada por Michelle Bachelet por allá por abril de 2008, luego de que el Senado destituyera a la ministra Yasna Provoste. Revisar la prensa de aquellos días no resulta muy alentador: nuestros hombres públicos escogen sus argumentos en función de sus intereses, como si las ideas admitieran un uso puramente instrumental. Cuando llega la factura, todos sufren de amnesia.

Porque no está de más recordar que en 2008 la oposición se ensañó con Yasna Provoste, y no trepidó en usar un arma extrema con el único objetivo de asestarle un golpe político al gobierno de Bachelet -algo así como la teoría del desalojo en acción. Y tuvimos la misma discusión sobre el carácter de la acusación constitucional, discusión bizantina por cuanto es evidente que se trata de una herramienta política. La cuestión de fondo pasa por lo siguiente: cabe esperar un mínimo de responsabilidad cuando se le confía a alguien un instrumento delicado. Dicho de otro modo, las formas jurídicas son impotentes frente a la mala fe, porque cualquier mecanismo supone un marco común fuera del cual todo se convierte en chacota. Y en este proceso el oficialismo no es completamente inocente. Al derribar a Provoste, la derecha abrió el horizonte de lo posible, y banalizó un instrumento cuyo uso sólo se justifica en crisis graves. La Concertación no hizo más que aprender la lección, y hay demasiadas razones (unidad en año electoral, protección de cupos, servilismo para con el “movimiento estudiantil”) por las cuales no va a desperdiciar una ocasión demasiado tentadora.

En todo esto -y aquí radica lo miserable de la situación- Beyer no tiene arte ni parte. Uno podrá diferir con él en muchas cosas, pero no hay ningún motivo que amerite algo así como una destitución. Por lo demás, Chile no está en condiciones de farrearse a tipos de su envergadura en una trifulca de baja estofa: es indudable que nuestra política es mejor con Beyer que sin él. Pero la defensa cerrada que la elite ha hecho del ministro bien puede haberlo perjudicado más que beneficiado. Por un lado, ese apoyo hace más evidente su carácter tecnocrático, y su carencia de redes políticas. Pero, además, buena parte de esa elite apenas movió las cejas cuando cayó Yasna Provoste, lo que permite algunas sospechas bien incómodas.

Con todo, si alguna conclusión puede sacarse de todo esto, es que nuestra convivencia se está degradando y que sin darnos mucha cuenta hemos socavado códigos sin los cuales todo se hace cuesta arriba. Es una pérdida un poco incolora, pero no por eso menos real: cuando se traspasan ciertos límites, difícilmente se vuelve atrás sin mediar una crisis de proporciones. Ahora bien, es posible que todo esto no sea exclusivo de la política. Al fin y al cabo, esta última refleja lo que ocurre en el resto de la sociedad. La política tiene más de espejo que de otra cosa.

Si la tesis es plausible, entonces nuestro problema es mucho más grave de lo que creemos. Y deberíamos empezar a preocuparnos.

1 comment:

Armando Jaramillo said...

Sin duda, la opinión del columnista da testimonio de una notable capacidad de abstracción ideológica lo que le permite un juicio objetivo y muy acertado. Lo que aquí se plantea, hace mucho años se lo oí decir a Jorge Schaulsohn:"...en política, todo se paga, a la postre". Aún así, y sin dejar de concordar con el analista, es también cierto que la materia -lucro en la educación- admitirá un control de mayor rigor que el hasta ahora visto, por encima de los avatares que ha debido padecer el otrora jefe de la cartera.