Sunday, July 14, 2013

La universidad chantajeada









Colaboración de Antonio Silva




por Alfredo Jocelyn-Holt

“NO [ALUDO] sólo al daño emergente -como dicen los abogados- de lo que esa cultura pierde por los buenos profesores que dejan de enseñar, los científicos que no pueden investigar, los jóvenes a los cuales no se permite estudiar. Daño que se expresa también en el desorden de las vocaciones y experiencias desaprovechadas... Aludo también al lucro intelectual y moral cesante, que afecta al país a través de generaciones formadas en un ambiente universitario cohibido, en donde unos callan, otros eluden, y muchos simulan convicciones y actitudes insinceras. En estas condiciones, la universidad va dejando de ser, aun como símbolo, el poder espiritual que debiéramos, al menos como posibilidad, tratar de mantener”.



Estas palabras, aunque podrían haber sido escritas hoy, fueron publicadas hace tres décadas por Jorge Millas en Idea y defensa de la universidad, libro reeditado el año pasado. Millas se refería a la universidad “intervenida” y “vigilada” por la dictadura, pero quien conozca al personaje y su trayectoria, recordará que el diagnóstico aludía también a antes de 1973, época en que el reformismo supuestamente bienintencionado volvió insoportable la convivencia interna, desvirtuando la institución, excusa que servirían en bandeja a los otros ultras que se apoderaron de la universidad el 73. Millas, en 1981, sólo atinaba a consignar su angustia, a sabiendas que el daño era cumulativo e irreversible (Millas no era ningún tonto). Leído hoy, suena incluso anticipatorio: la universidad pluralista y de excelencia no es que no exista en Chile; en cuanto aspiración, hace rato que es prescindible. Pero, como cuesta matar a un ente en estado vegetal, se nos chantajea aún con la ilusión.



La evidencia está a la vista. A la Casa Central de la Chile se la pueden tomar varias veces durante interminables meses, proporcionando un territorio “libre” a quienes hacen lo indecible dentro, pero, según su rector, “los estudiantes no son delincuentes”; al contrario, ellos y el “edificio ícono” serían “víctimas” de Fuerzas Especiales, obviamente que no muy elegantes en su forma de proceder (¿cuándo lo han sido?). Las votaciones a favor de paros, mediante cuestionables quórums y aún más dudosos razonamientos, se suceden semana a semana (por dos meses en Derecho de la UCH), pero hay profesores alquimistas que insisten en que los alumnos están en su derecho de adherir a las demandas en defensa de la educación pública “compatibilizando” sus legítimos intereses con las actividades académicas regulares, fórmula que ha resultado ser una coartada. En Derecho, recién anteayer se decidió volver a clases, confiados todos en que, extendiendo el semestre y haciéndose algunas economías de tiempo y exigencia, se va a “normalizar” la situación.



¿Valdrá un curso, un semestre, un año, si ya están chingados? ¿Corresponde que se haga, se deje de hacer y retome un ramo cuando a los alumnos se les da las ganas? ¿Una nota en una asignatura de ese tipo da fe del conocimiento del alumno o no se estará tratando de salvar apariencias “por secretaría”? Lo pregunto porque debe haber profesores que aún creen en la docencia y rigor académico -gente melancólica, ilusa, pero no dispuesta a que se le chantajee-... supongo.

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