Thursday, July 18, 2013

"Tu historia es mi historia"








Juan Manuel Astorga


“Lo siento mucho, pero no puedes seguir viviendo solo. Te vas a vivir conmigo o te vas a la casa de José Miguel, pero no estás en condiciones de seguir tomando decisiones por ti mismo. No ahora. No así”.
Aunque pasen muchos años, jamás olvidaré esa frase de Rosario. Ella y el José, dos de mis hermanos, habían decidido literalmente intervenir mi vida. Yo no quería verlo. O no quería aceptarlo. Aún no lo tengo claro, pero era evidente que cargaba con una depresión que cada día se había vuelto más profunda. Eso hasta que una madrugada de domingo, después de haber buscado refugio tomando varias copas de alcohol en el living de mi casa, salí a guardar el auto y terminé chocando el portón de mi propia casa. El aparatoso episodio fue la gota que rebasó el vaso.

El calvario que terminó por desmoronar mi vida esa noche había comenzado varios meses antes. A estas alturas no viene al caso entrar en los detalles de lo que gatilló mi enfermedad, porque a cada depresivo lo pueden afectar cosas muy distintas: la enfermedad o muerte de un ser querido, un fracaso profesional, la presión social de tener que ser alguien que no eres, o un cúmulo de factores pequeños pero que en la suma te golpean hasta noquearte.

Los siguientes dos años fueron tanto o más duros. Sin casa, con todas mis cosas apiladas en una bodega y durmiendo en el sillón del departamento de mi hermano, veía cómo todo lo que había construido durante los primeros 35 años de mi vida se había esfumado. La depresión se convirtió en un círculo vicioso. No tenía trabajo ni ganas de salir a buscar uno. Tampoco tenía plata y, por lo mismo, cada vez me sentía más hundido. No hacía nada más que dormir, llorar, y volver a dormir. No salía porque ni siquiera podía cargar la tarjeta bip! y me negaba a que mi familia me sostuviera económicamente.

Dejé de ver a muchos de mis amigos. Y muchos otros se alejaron incluso antes de que yo los rechazara. Algunos no entendían qué me pasaba y por lo mismo no sabían cómo lidiar conmigo. A otros los cansaba verme llorar. A varios les espantó que ese Juan Manuel que habían conocido, activo, trabajador y de humor desbordante, ya no quisiera levantarse del futón que me sirvió de cama.

La depresión se trata con terapia y medicamentos. Rechacé los remedios porque no quería esconder con drogas la pena que me ahogaba. Y aunque veía todo oscuro, en algún momento entendí que si no era capaz de pararme por mí mismo, necesitaba una muleta. Esa muleta fue Guillermo, el terapeuta que me ayudó a descifrar las causas de mi angustia, elegir qué camino quería tomar de ahí en adelante y cómo iluminarlo para no volver a perderme.

Han pasado cinco años desde que tuve depresión. Los que la hemos sufrido jamás la olvidamos. Sabemos exactamente cómo es y nunca nos resultará indiferente cuando conocemos de alguien que la padece. Es imposible no empatizar con la enfermedad que llevó a Pablo Longueira a renunciar a su candidatura presidencial. Mañana tendremos tiempo en estas mismas páginas de analizar las consecuencias políticas de su determinación. Hoy no podía sino hacerme cargo de las causas que lo llevaron a tomarla.

En más de una oportunidad me han criticado por hablar en público de algo tan personal. Seguramente ésta no será la excepción. Pero no me importa. La depresión se oculta porque avergüenza. Abunda la ignorancia entre quienes no la han tenido porque creen que padecerla es signo de debilidad. La depresión es una patología que ataca el cerebro así como otras enfermedades aquejan a distintos órganos del cuerpo. En un país donde más de un millón de personas tiene depresión, donde una de cada tres consultas médicas es por esta causa y donde los antidepresivos se venden clandestinamente en las ferias libres, hacerle el quite al tema no ayuda. Al contrario.

Políticos de distinto calibre y en momentos clave de su vida la han padecido. Desde Abraham Lincoln a Winston Churchill. Pablo Longueira no tenía por qué ser la excepción. Yo tampoco. Hoy, sano, de vuelta en las pistas y consciente de lo que viví, lo acompaño a la distancia en el tormentoso camino que está recorriendo. Que el peregrinaje le sea corto y los suyos sepan acompañarlo como los míos me escoltaron a mí.









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