Friday, August 16, 2013

La cultura de la “Mugre”





Miguel Huerta Marín


Es noticia hoy día las toneladas de basura y otras asquerosidades que dejaron quienes asistieron ayer a un concierto conmemorativo de los 50 años de Los Jaivas. Se esgrimen sendas razones para que ello culminara con tamaña montaña de basura. Una de ellas es la falta de previsión por parte de la Municipalidad de Santiago. Otra, apunta a la definitiva falta de cultura del “aseo” que pulula en nuestra sociedad, principalmente en un sector de ella. Había cientos de basureros metálicos que no fueron utilizados.

La culpabilidad municipal es coincidente con los reclamos de los vecinos de Providencia respecto a la falencia en el aseo de la actual administración municipal. Mal que mal, coincidencia o no, ambas alcaldesas, Tohá y Errázuriz coinciden en sus posiciones políticas.

Es evidente que las ciudades, grandes o pequeñas, venden –en una primerísima instancia- su imagen en base a su capacidad de mantenerse limpias y ordenadas. De ello se derivan ingresos tan importantes como los que deja la industria del turismo.

Signos de la cultura del aseo y del ornato hay varios. Ya hablamos en crónica anterior sobre los perros vagos y la mala imagen que de ellos se desprende. El otro tema que las autoridades evitan enfrentar son los demenciales grafitis. A este respecto desafío a cualquier lector a que, en aras de la belleza, regale una mano de pintura al exterior de cualquier edificio o vivienda cuyo frontis dé a la calle. Le garantizo que antes de una semana estará debidamente rayado por parte de los talibanes de la fealdad y de la ordinariez.

Para que hablar de las democráticas protestas y marchas callejeras, –“Marchas pacíficas” las nombran algunos- Éstas son garantía de la más absoluta destrucción por parte de los paladines de los derechos civiles. Lo triste es que dicha acción destructiva parece tener cada día menos relevancia pública. ¿Será que la costumbre de verla ha mutado nuestra objetividad hasta encontrarla normal?

Ahora bien, yéndose un poco hacia el simplismo. Basta subirse al Metro de Santiago en horario vespertino, ¡y a veces matutino!, para constatar que un alto porcentaje de sus usuarios tienen una abismal distancia con el agua y el jabón.

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