Monday, September 02, 2013

11 de septiembre: los buenos y los malos

Fuente: El Mercurio, Domingo 01 de septiembre de 2013


"Todos nos hablan de las cosas que pasaron, muchas de ellas terribles, pero ninguno nos dice realmente qué pasó. Cada uno está tan preocupado de llevar el agua a su molino, que nadie logra dar una visión de conjunto..."




Joaquín García Huidobro


Los cuarenta años del 11 de septiembre nos traen una avalancha de libros, congresos y documentales. Algunos se quejan de que estos últimos siempre estén inclinados hacia la izquierda. Es paradójico: en ocasiones, los mismos que prohíben a sus hijos estudiar cine o les ponen grandes obstáculos para matricularse en Filosofía, se quejan después de que el discurso público y las imágenes que nutren el alma y la mente de los chilenos sean hechas por otros. ¿De qué se quejan?

Debemos agradecer a gente como Josefina Fernández y Benjamín Vicuña, a Miguel Littin y Quilapayún el que no se queden callados, que se interesen por Chile y su historia, que nos cuenten su versión. Ellos nos prestan un servicio a todos los chilenos.

Con todo, cuando se ven esos documentales o se lee lo que se escribe a uno y otro lado del espectro político, no se puede evitar una cierta insatisfacción. Todos nos hablan de las cosas que pasaron, muchas de ellas terribles, pero ninguno nos dice realmente qué pasó. Cada uno está tan preocupado de llevar el agua a su molino, que nadie logra dar una visión de conjunto. Es una pena, porque las nuevas generaciones merecen un relato más elaborado, capaz de hacerse cargo de los matices, que en historia política, como en pintura o música, son casi todo.

¿Qué características tienen los relatos disponibles? Aparte de una irresistible tendencia a dividir el mundo entre buenos y malos, casi todos tienen en común el presentar la realidad chilena como dos mundos incomunicados. Aquí, yo y los míos; al frente, los otros. Y esos otros son presentados como seres completamente ajenos, extraños, incomprensibles. Aparecen como gente que de un día para otro quiso hacer la revolución, expropió campos e industrias, intentó suprimir la libertad educativa y destruyó la economía nacional. O, al otro lado, gente que cayó de las nubes y comenzó a torturar y a matar.

Han pasado 40 años y los chilenos todavía no somos capaces de hacer algo diferente. ¿Será posible conseguirlo para el cincuentenario, en 2023? Para entonces, casi todos los actores estarán muertos, lo que facilitará las cosas, pero no será suficiente. ¿Cuándo llegará el día en que un historiador de izquierda y uno de derecha puedan escribir juntos un libro sobre Allende o el gobierno militar, donde no traten de catequizarnos, sino que intenten meterse en la lógica de los protagonistas, de todos, de manera que, antes de juzgarlos, podamos entenderlos?

En estos días hemos visto algunos esfuerzos aislados, como "Las voces de la reconciliación", el libro de Ricardo Núñez y Hernán Larraín. Ellos no pretenden hacer un relato integrador, pero al menos intentan reunir voces muy diversas. Son voces honestas, como la de José Joaquín Brünner, que se da cuenta de que, antes de dar respuestas rápidas, es necesario plantearse primero algunas preguntas importantes. Impresiona, por citar otro ejemplo, el texto de Daniel Mansuy en ese mismo libro: sus abuelos paternos eran fervientes partidarios de la Unidad Popular; en cambio su abuelo materno, el famoso Almirante Huerta, fue el ministro de Relaciones Exteriores del gobierno militar.

Por ahí está la clave. Historias como esa nos muestran que, en el caso chileno, no estaban unos aquí y otros allá, perfectamente distinguibles. La tragedia se produjo dentro de nosotros. Yo soy Salvador Allende y Gustavo Leigh, yo soy Manuel Contreras y Clotario Blest. Víctor Jara, Lucía Hiriart, Bernardo Leighton y Gladys Marín, todos esos soy yo y somos todos nosotros, los chilenos.

El drama chileno, nuestro drama, no consiste en que unos son veraces y otros mienten. Nuestra tragedia es que todos dicen la verdad. Es verdad que hubo agresión soviética y torturados; expropiaciones y desaparecidos; recuperación prodigiosa de la economía y costo social; terroristas nacionales y extranjeros, pero también agentes de la CIA. Todo eso es verdad, pero ¿quién es capaz de contar una historia en que todas las voces suenen al mismo tiempo, donde no escondamos las que resultan incómodas?

Ese día estaremos en condiciones de decir, con Borges: "Somos todo el pasado, somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos gratamente los otros".

1 comment:

Anonymous said...

Da para una larga reflexión.
No para mi, ciertamente. Mi odio es superior al pensamiento razonado. Me lo enseñó la Unidad Popular, en su mejor momento. Lo aprendí bien, y de ahí en más no me abandona.
En una cosa estoy de acuerdo con el Partido Comunista : ni perdón ni olvido para aquellos que se esforzaron en destruir la sociedad chilena.

R. Olmedo