Wednesday, October 16, 2013

El regreso

Bachelet nunca ha ensayado una explicación verosímil de los motivos de su regreso, pues pretende que su sola persona constituye un motivo suficiente.

por Daniel Mansuy Huerta - 16/10/2013   
 
 
 
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EN MUCHOS sentidos, la campaña presidencial de Michelle Bachelet ha rozado la perfección. En efecto, ha sabido administrar su ventaja, sorteando los riesgos y las polémicas de bajo calibre. También ha manejado bien el difícil arte de la ambigüedad: cuando ella habla, cada uno de sus partidarios escucha una cosa distinta. Además, ha evitado cualquier atisbo de pregunta incómoda, y eso le otorga una libertad de palabra inaudita en un candidato.

Pero la estrategia, si bien es efectiva, contiene más de una paradoja. Por un lado, al mismo tiempo que enarbola las banderas progresistas, la candidata sigue una estrategia ultraconservadora: Michelle Bachelet prefiere enterrar sus talentos a arriesgarlos en el juego democrático. Se comporta como capitalista que sólo busca acumular, porque no está dispuesta a invertir un gramo de popularidad, ni a cambio de kilos de contenido. Nada de esto debería sorprendernos; después de todo, durante buena parte de su gobierno, la ex presidenta no estuvo dispuesta a exponer su popularidad en función de algún objetivo político (bastaría recordar su actitud vacilante luego del terremoto, o sus oscilaciones respecto del binominal). Es curioso, pero ella misma se convirtió en el fin de su acción, asumiendo un personalismo que responde a los códigos del espectáculo. Dicho de otro modo, se convirtió en celebridad y empezó a jugar otro juego, que de política tiene muy poco.

Uno puede preguntarse por las consecuencias de ese cambio. No se trata de negar la legítima búsqueda del poder, pero la política también debe nutrirse de otras dimensiones, sin las cuales el mismo poder se vuelve estéril. Se ha dicho, con razón, que la actitud de la candidata daña la calidad de nuestra deliberación pública. Pero el problema es más profundo: Michelle Bachelet no parece percibir que para conducir el proceso que se avecina va a necesitar dosis muy elevadas de política, y que la despolitización que tanto le acomoda hoy, la va a perjudicar mañana. Si queremos avanzar en reformas sustantivas, es hora de hacer política en serio y dejar atrás los programas vagos y superficiales; si queremos impulsar cambios, debemos poner la popularidad al servicio de ellos.

Existe un síntoma especialmente grave de este fenómeno: el silencio respecto del pasado. La candidata nunca ha ensayado una explicación verosímil de los motivos de su regreso ni ha elaborado ningún tipo de discurso que asuma en serio el desafío de hacerse cargo de las dos décadas de Concertación, pues pretende que su sola persona constituye un motivo suficiente. Pero, ¿qué quiere consolidar, qué quiere corregir, qué quiere cambiar? ¿Les atribuye todas las falencias de su coalición a factores extrínsecos? ¿La Nueva Mayoría ha resuelto sus dificultades? La historia de un país responde a una narrativa que nunca puede escribirse dándole la espalda al pasado. Este es uno de los silencios más intrigantes de Michelle Bachelet.

“Tras el demagogo, había un estadista”, decía Mario Góngora recordando a Arturo Alessandri, quien regresó al poder con una reflexión a cuestas y con objetivos políticos articulados. En ausencia de esos factores, todo regreso está condenado a ser más propio de la farándula que de la política.

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