¿Cómo se explica un fracaso contundente en el plano político en un gobierno con buena gestión y con cifras de primer nivel?
Algunos disparan al Presidente. Otros resaltan los atributos de la candidata electa. Lo cierto es que ambas respuestas parecen incompletas. El resultado de la última elección coincide con el fin de un ciclo político de cinco gobiernos a lo largo de los cuales la Concertación y la Alianza convergieron en un marco común sobre el manejo de la economía. En lo político, en tanto, la transición se caracterizó por un tácito pacto de silencio respecto a los pecados de omisión de la política social.

Pero el ciclo político de la transición se extinguió y con él, se han extinguido también los acuerdos y consensos que le dieron forma a la acción política durante los últimos 30 años.
En este período los sectores liberales de cada bloque descansaron en la exitosa gestión del Ministerio de Hacienda. Tranquilos con el poder de veto de la billetera fiscal, abandonaron la política, sobrevaloraron la tecnocracia y se inclinaron por una visión panorámica de la sociedad desde cómodas oficinas académicas o comerciales. En suma, los liberales despreciaron el trabajo con las bases y poco a poco fueron perdiendo también poder al interior de los distintos partidos.
Pero los liberales no solo abandonaron la calle. Tampoco pusieron atención a los pecados de omisión de la política social, elemento clave para que la idea de una sociedad libre no sea sólo una frase bonita sino una realidad extendida que permita generar justicia.
El resultado para la política de todo esto es poco alentador. Mientras en la Concertación es la agenda del PC y de los denominados “autoflagelantes” la que domina la escena; en la Alianza, el control de los partidos y la revisión crítica de éstos respecto de lo obrado hasta ahora está dominada por agendas personas. Poco queda de las ideas liberales que dieron cuerpo a los grandes acuerdos del ciclo político que termina.
Los liberales y políticos moderados de la Concertación ya no son bienvenidos en la Nueva Mayoría. Y aunque algunos de sus exponentes no escatiman esfuerzos para ser aceptados en su antiguo hogar; declarar “disponibles” a sus cuadros técnico-políticos para formar parte del Gobierno y sacar patente de leales amparándose en el viejo truco de pegarle a la derecha, lo cierto es que hasta ahora, desgraciadamente son ignorados.
Al interior de la Alianza la situación es aún más extraña. Una coalición que tiene su común denominador en la idea de la libertad no cuenta en su elenco con un partido político que abrace la causa de la libertad en sus distintas dimensiones, más allá de la libertad económica.
Por eso, los nuevos emprendimientos políticos como Evolución Política son una buena noticia. La mayoría de ellos comparte y se comporta bajo una misma convicción: las ideas de la libertad volverán a estar presentes en el debate público en la medida que penetren y se institucionalicen en las bases territoriales de la política.
El Chile de la postransición necesita un discurso político nítido que vuelva a poner en el centro del debate el valor de la diversidad, la iniciativa personal y la capacidad de las personas para desplegar sus talentos. Que apele a la responsabilidad, a la sociedad y al compromiso sin denostar al Estado, y sin suponerle ni brindarle atributos que no contiene.
La orfandad política de estas ideas terminará en la medida que se materialicen en la formación de un tercer partido que permita ampliar la oferta política de la Alianza