Wednesday, January 22, 2014

La derecha fragmentada


Mientras la derecha no haga un esfuerzo real por dibujar la cancha, está condenada a dividirse entre una oposición reactiva y un entreguismo.

por Daniel Mansuy Huerta - 22/01/2014 

La implosión de Renovación Nacional puede leerse como el fin del viejo Partido Nacional, que aglutinó durante varios años a liberales y conservadores. Quizás no hay ningún drama en esto. Después de todo, ese proyecto respondía a un contexto que hace tiempo dejó de existir.
La alianza de liberales y conservadores es tan natural como precaria, pues suele necesitar de un adversario común para sostenerse en el tiempo. A falta de él, los liberales tienden a ver en los conservadores un lastre que sólo puede perjudicarlos, aunque eso dura, desde luego, hasta que haya una nueva crisis. Si esto es plausible, el nuevo escenario no es negativo para la derecha: es bueno que los distintos proyectos se desplieguen, salgan a jugar y compitan en la cancha.
La situación no está exenta de riesgos y los protagonistas no parecen muy conscientes de ellos. El primero es el individualismo propio del sector. La derecha tiende a convertir cada una de sus diferencias en guerra civil, porque tiene escasa cultura de coalición. La Concertación tiene diferencias más profundas -ideológicas, históricas e incluso personales-, pero sabe someterlas a una disciplina política donde siempre se priorizan los objetivos comunes. Por el lenguaje utilizado, Amplitud no ha colaborado en superar esta deficiencia. ¿Estarán dispuestos a generar una cultura de alianza desde el nuevo referente?
El segundo peligro tiene que ver con la confusión de planos entre lo personal y lo político. Si el nuevo movimiento de Pérez, Godoy, Rubilar y Browne se va a constituir en la plataforma del piñerismo, entonces la escisión carece de sentido: no responde a un nicho real, sino a una apuesta táctica del Presidente. Si la derecha está como está después de sólo cuatro años ejerciendo el poder, es ineludible un trabajo crítico sobre la actual administración. En esto, más allá de la forma discutible, los dardos de Allamand no andaban tan perdidos.
El tercer riesgo, vinculado con los anteriores, es la falta de densidad doctrinaria. En rigor, es difícil comprender este cisma en clave ideológica, más allá de las declaraciones agitadas. Después de todo, los escindidos estuvieron largos años en Renovación Nacional, ocupando incluso cargos directivos y vocerías destacadas. Su discurso tampoco es demasiado elaborado; es más bien un festival del lugar común de aquello que Marx llamaba el cosmopolitismo burgués. La tentación  será la de convertirse en partido bisagra, dispuesto a vender sus votos al mejor postor en cuestiones decisivas (¿cómo votarán, por ejemplo, las reformas constitucionales?). Pero lo más complicado va por otro lado, y es que Amplitud acepta como propios los ejes temáticos de la izquierda y admite el diagnóstico subyacente. ¿Qué distingue a un Amplitud de un PPD?
Así las cosas, poco se habla del paro portuario -que tiene paralizada parte de la producción nacional-, de los problemas culturales o del modo en que se aplicó el ranking de notas. Ninguno de esos temas existe en la discusión política. Mientras la derecha no haga un esfuerzo real por dibujar la cancha, está condenada a dividirse entre una oposición reactiva y un entreguismo rayano en la cobardía moral. Hasta ahora, ni los que se quedan ni los que se van parecen tomar en serio esta dificultad

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