Monday, May 19, 2014

Colaboración de Mauricio Pilleux Dresdner

EL MERCURIO  Domingo 18 de mayo de 2014
El exabrupto del ministro
"El paternalismo esconde el peor de los desprecios: reposa sobre la idea de que hay grupos o personas que no pueden ser autónomos, a los que no se puede dejar elegir. Es lo que el ministro Eyzaguirre, a juzgar por sus palabras, parece creer..."
  


Esta semana el ministro de Educación se refirió a la educación particular subvencionada. Ocurrió en un seminario donde se discutía sobre mejoramiento escolar. Entonces el ministro intervino:

Las familias -dijo, refiriéndose al sistema particular subvencionado- son seducidas por ofertas de colegios ingleses que solo tienen el nombre en inglés y que por $ 17 mil (...) ofrecen al niño que posiblemente el color promedio del pelo va a ser un poquito más claro (...). Una cantidad enorme de supercherías que nada tienen que ver con la calidad de la educación.

Las escuelas subvencionadas estarían, pues, sostenidas en el arribismo. Los miles de familias que se esfuerzan para elegir colegio -y destinan parte de su ingreso a ello- se dejarían timar cegadas por el anhelo de ascender. En vez de escoger la calidad intelectual de las instituciones, las familias más pobres se dejarían engañar obnubiladas por nombres en inglés y promesas de pelo claro.

¿Tiene razón el ministro?

No.

La escuela es el lugar donde los niños y niñas comienzan a entrenarse en habilidades intelectuales y cognitivas, es cierto; pero también es el sitio donde los niños y niñas tejen sus primeras relaciones sociales, el ámbito donde aprenden ciertas reglas de comportamiento, el espacio donde se empapan de lo que es lícito o ilícito de hacer, lo que es sagrado y lo que no. Y ocurre que las familias -las ricas, las pobres, las cultas y las no ilustradas- saben o sospechan eso y de ahí entonces que, a pesar de la caricatura que hace el ministro, elijan considerando también factores distintos al meramente cognitivo: los niveles de violencia escolar, el orden disponible, los signos externos de estatus, las redes disponibles, etcétera. Esa estructura de la elección es más o menos la misma en La Pintana y en Las Condes, en el sector subvencionado y en el particular pagado.

Esa fisonomía de la decisión nada tiene que ver -como erradamente sugirió el ministro- con la estructura de mercado del sistema escolar.

La estructura de mercado del sistema escolar es incorrecta no porque permita a la gente escoger, sino porque hace depender la elección de la capacidad de pago. Es incorrecto no porque la gente de menos recursos no sepa elegir lo que es mejor para sus hijos, sino que es incorrecto porque la oferta de provisión escolar, al depender del dinero de los padres, es mala para algunos y mejor para otros. Si se pudiera diseñar un sistema en el que todas las familias recibieran la misma cantidad de dinero para pagar el colegio y se dispusiera de un sistema de proveedores diversos -pero con un currículum mínimo común- las familias podrían escoger y es probable que echaran mano a los mismos motivos de hoy: ¿Tendría entonces razones el ministro para quejarse de la elección de las familias? Es probable que no. Así lo prueba el hecho que él no ha dirigido esa misma crítica al sistema particular pagado. Luego, no cabe duda. El problema no es que la gente elija, el problema es la oferta que los pobres tienen para elegir.

Lo preocupante de las palabras del ministro, sin embargo, no deriva de ese error conceptual. Proviene del paternalismo que transpiran.

El paternalismo, es decir la convicción de que hay grupos a los que es mejor no dejar escoger por sí solos porque actúan movidos por la ceguera, la ignorancia o la estupidez, motivo por el cual hay que protegerlos privándolos del peligro de elegir, esconde el más profundo y peor de los desprecios: reposa sobre la idea que quienes los integran no pueden ser autónomos, porque poseerían una capacidad menguada cuando se la compara con la plena lucidez que, claro está, posee el paternalista.

Hay múltiples motivos para quejarse de un sistema escolar que ata a los niños a la cuna en que vinieron a este mundo y, más tarde, los estratifica al compás del ingreso de los padres. Y es urgente cambiarlo. Pero para ello no es necesario despreciar o maltratar a la gente de menores recursos que, movidos por los mismos motivos de las familias más ricas, se esfuerzan -en este mundo que el propio ministro contribuyó a construir- porque sus hijos estén siquiera un poco mejor. 

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